La alimentación antiinflamatoria no es una dieta destinada a “apagar” toda la inflamación ni una lista de alimentos milagrosos. La inflamación aguda es una respuesta necesaria para defendernos de infecciones y reparar tejidos. El problema aparece cuando existe una activación persistente y de bajo grado, especialmente en contextos como resistencia a la insulina, exceso de grasa visceral, sedentarismo, alteraciones del sueño, tabaquismo, algunas enfermedades crónicas y ciertos patrones de alimentación. Si quieres profundizar en este proceso, puedes revisar nuestro artículo sobre inflamación crónica de bajo grado.
Desde una mirada médica funcional, no buscamos clasificar cada alimento como “inflamatorio” o “antiinflamatorio” de manera aislada. Nos interesa entender el patrón completo: calidad de los alimentos, densidad nutricional, respuesta glucémica, consumo de fibra, tipo de grasas, aporte de proteína, tolerancia digestiva, microbiota intestinal, composición corporal y necesidades particulares del paciente. La evidencia disponible respalda especialmente patrones de tipo mediterráneo, mientras que para muchas otras “dietas antiinflamatorias” la evidencia es más limitada o heterogénea. (1)
¿Qué es realmente una alimentación antiinflamatoria?
Podemos entender la alimentación antiinflamatoria como un patrón que prioriza alimentos mínimamente procesados, alta variedad vegetal, grasas de buena calidad, proteína suficiente y una carga de azúcares refinados y ultraprocesados relativamente baja. No existe una única distribución de macronutrientes que funcione para todas las personas, ni es necesario seguir una dieta vegetariana, cetogénica, sin gluten o sin lácteos para obtener beneficios.
La dieta mediterránea es el modelo mejor estudiado dentro de este concepto. Una revisión y metaanálisis reciente de 33 ensayos clínicos aleatorizados encontró reducciones en algunos indicadores utilizados para estudiar inflamación. Entre ellos están la proteína C reactiva (PCR) —en algunos estudios medida con técnica ultrasensible (PCR-us)—, una proteína producida principalmente por el hígado que puede aumentar en distintos estados inflamatorios, y las interleucinas 6 y 17 (IL-6 e IL-17), moléculas de señalización que participan en la comunicación del sistema inmune.
No todos los biomarcadores mejoraron y los resultados variaron según la población y la duración de la intervención. Esa heterogeneidad es importante: una dieta puede ser saludable sin producir el mismo cambio en todos los marcadores ni en todos los pacientes. (2)
Además de los biomarcadores, un patrón mediterráneo suplementado con aceite de oliva extra virgen o frutos secos mostró reducción de eventos cardiovasculares mayores frente a una dieta baja en grasa en la versión corregida y republicada del ensayo PREDIMED. Esto refuerza una idea clínica importante: no conviene evaluar la alimentación solo por su efecto sobre una citocina o un examen aislado, sino también por su impacto sobre desenlaces de salud relevantes. (3)
La mirada funcional: reducir carga inflamatoria sin convertir la dieta en una lista de prohibiciones
En Medicina Funcional, la alimentación suele utilizarse como una de las primeras herramientas terapéuticas porque influye simultáneamente sobre metabolismo, composición corporal, disponibilidad de micronutrientes, función digestiva y señales que interactúan con el sistema inmune. Sin embargo, “personalizar” no significa eliminar grupos completos de alimentos por protocolo. Significa identificar qué factores son realmente relevantes en esa persona y medir la respuesta a los cambios.
Por ejemplo, en un paciente con resistencia a la insulina puede ser especialmente útil trabajar la calidad y cantidad de carbohidratos, la distribución de las comidas, la masa muscular y la adiposidad visceral. En alguien con síntomas digestivos predominantes, quizá sea necesario ajustar temporalmente tipos de fibra o fermentables. En una persona con enfermedad celíaca, el gluten debe excluirse de forma estricta; en cambio, no existe una razón científica para retirarlo automáticamente a toda persona con inflamación. La intervención cambia según el contexto.
Qué alimentos conviene priorizar en una alimentación antiinflamatoria
No es necesario utilizar ingredientes exóticos. La mayor parte de una alimentación antiinflamatoria puede construirse con alimentos habituales disponibles en Chile y organizados de manera práctica:
- Verduras de distintos colores: hojas verdes, brócoli, coliflor, repollo, pimentón, tomate, zapallo, zanahoria, cebolla y otras según tolerancia.
- Frutas enteras: berries, cítricos, manzana, kiwi, uvas, duraznos y otras frutas de temporada, ajustando cantidad si existe un objetivo metabólico específico.
- Grasas de buena calidad: aceite de oliva extra virgen, palta, nueces, almendras, semillas y otros frutos secos sin exceso de sal o azúcar añadida.
- Pescados y mariscos: especialmente pescados grasos como sardina, salmón, jurel o caballa, junto con otras fuentes de proteína de buena calidad.
- Legumbres: lentejas, garbanzos, porotos y arvejas, siempre que sean bien toleradas.
- Fuentes de carbohidratos poco refinados: avena, quinoa, arroz integral, papas o camote, granos enteros y otros alimentos según actividad física, objetivos metabólicos y tolerancia.
- Alimentos fermentados cuando corresponda: yogur natural, kéfir, chucrut u otros fermentados sin exceso de azúcar, considerando que no son adecuados para todas las personas.
- Hierbas, especias y alimentos ricos en polifenoles: ajo, cebolla, cúrcuma, jengibre, canela, cacao alto en cacao, té, café y una amplia variedad de vegetales.
Vegetales, frutas y polifenoles: importa más la variedad que un “superalimento”
Los alimentos vegetales aportan fibra, vitaminas, minerales y compuestos bioactivos como los polifenoles. Estos compuestos pueden interactuar con vías metabólicas, estrés oxidativo y microbiota intestinal. Un metaanálisis reciente en personas con sobrepeso u obesidad encontró que intervenciones con polifenoles modificaron algunos marcadores inflamatorios y determinadas bacterias intestinales, pero los resultados dependieron de la dosis, duración y matriz alimentaria. Esto apoya priorizar variedad vegetal antes que depender de extractos o productos concentrados. (4)
Grasas: priorizar calidad sin demonizar un solo tipo de aceite
Una estrategia razonable es utilizar aceite de oliva extra virgen como grasa principal cuando sea posible, incorporar frutos secos, semillas, palta y pescado, y reducir el predominio de grasas trans y de productos ultraprocesados. Los ácidos grasos omega-3 forman parte de un patrón saludable, pero el efecto de su suplementación sobre marcadores inflamatorios no es uniforme y no reemplaza una alimentación de buena calidad.
También conviene evitar una simplificación frecuente: afirmar que todos los aceites ricos en omega-6 son necesariamente “proinflamatorios”. Un metaanálisis de ensayos aleatorizados no encontró un aumento significativo de PCR, IL-6, factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) —otra molécula de señalización que participa en la respuesta inflamatoria— u otros marcadores al incrementar ácido linoleico en la dieta. La calidad global del patrón, el grado de procesamiento, la forma de cocción y el balance con otras fuentes de grasa importan más que convertir una familia completa de ácidos grasos en un enemigo. (5)
Proteína suficiente para proteger masa muscular y salud metabólica
La proteína no suele considerarse un “alimento antiinflamatorio”, pero una ingesta suficiente ayuda a mantener masa muscular, saciedad y función metabólica. Pescado, huevos, aves, legumbres, lácteos fermentados si se toleran y carnes no procesadas pueden formar parte del patrón. En adultos con mayor edad, pérdida de masa muscular o entrenamiento de fuerza, la cantidad y distribución de proteína deben individualizarse.
Con respecto a la carne roja, la evidencia no justifica afirmar que toda carne no procesada sea inflamatoria para todas las personas. Un metaanálisis reciente encontró un pequeño aumento de PCR con mayor consumo total de carne roja, especialmente en personas con enfermedad cardiometabólica, mientras que el subgrupo de carne roja no procesada no mostró un efecto significativo. En la práctica, resulta más defendible limitar carnes procesadas y evitar que la carne roja desplace a pescado, legumbres y fuentes vegetales de proteína. (6)
Qué conviene reducir o revisar
La estrategia no consiste en prohibir de forma absoluta todos estos alimentos, sino en evitar que constituyan la base habitual de la dieta. Los principales objetivos suelen ser:
- Productos ultraprocesados de consumo frecuente: snacks, bollería, comida rápida, postres industriales y productos formulados principalmente con harinas refinadas, azúcares, grasas y aditivos.
- Bebidas azucaradas y exceso de azúcares añadidos: especialmente cuando existe resistencia a la insulina, hígado graso, hipertrigliceridemia o adiposidad visceral.
- Carnes procesadas: embutidos, salchichas y productos cárnicos altamente procesados como consumo habitual.
- Grasas trans y frituras frecuentes: sobre todo cuando forman parte de alimentos ultraprocesados o aceites reutilizados repetidamente.
- Alcohol en exceso: no debe considerarse un componente terapéutico de una dieta mediterránea y puede ser especialmente problemático en enfermedad hepática, hipertrigliceridemia, alteraciones del sueño y otras condiciones.
En estudios observacionales, un mayor consumo de ultraprocesados se ha asociado con niveles más altos de algunos marcadores inflamatorios, especialmente PCR. Estas asociaciones no demuestran que cada aditivo sea inflamatorio por sí mismo. Sin embargo, un ensayo controlado en condiciones de hospitalización también mostró que una dieta ultraprocesada llevó a consumir alrededor de 500 kcal diarias adicionales y produjo aumento de peso frente a una dieta no procesada, aun cuando las comidas ofrecidas estaban emparejadas en varios nutrientes. Esto importa porque el exceso energético y el aumento de adiposidad pueden convertirse en parte del problema inflamatorio. (7) (8)
Alimentación antiinflamatoria, glucosa y resistencia a la insulina
En pacientes con resistencia a la insulina, prediabetes, hígado graso o aumento de grasa visceral, el control de la respuesta glucémica puede ser una pieza importante. Esto no significa que todos necesiten una dieta muy baja en carbohidratos. El objetivo puede ser reducir azúcares y harinas refinadas, elegir fuentes menos procesadas, combinar carbohidratos con proteína, fibra y grasa, y ajustar porciones según actividad física, composición corporal y respuesta metabólica.
La literatura sobre índice y carga glucémica muestra resultados variables. Un metaanálisis de 2018 no encontró reducciones significativas de varios marcadores inflamatorios, mientras que un metaanálisis más reciente sí observó reducciones de PCR, TNF-α e IL-6, aunque con heterogeneidad estadística elevada. Desde una mirada funcional, esto respalda individualizar en lugar de convertir un índice glucémico bajo en una regla universal. (9) (10)
Microbiota intestinal: una conexión relevante, pero no una explicación para todo
La alimentación modifica el ecosistema intestinal y la microbiota intestinal participa en el metabolismo de fibra, polifenoles y otros componentes de la dieta. Algunos metabolitos bacterianos, como los ácidos grasos de cadena corta, interactúan con la barrera intestinal y la regulación inmune. Esto ayuda a explicar por qué la calidad de los alimentos puede tener efectos que van más allá de las calorías.
Un pequeño ensayo aleatorizado de 17 semanas comparó una dieta rica en fibra vegetal con una dieta rica en alimentos fermentados. La intervención con fermentados aumentó la diversidad microbiana y redujo varios marcadores inflamatorios, mientras que la respuesta a una dieta alta en fibra fue más variable y dependió de características basales de la microbiota. Es un estudio interesante, pero no justifica recomendar grandes cantidades de fermentados o fibra a todas las personas. (11)
En pacientes con SIBO, síndrome de intestino irritable, distensión intensa, diarrea, estreñimiento severo o intolerancia a histamina, aumentar fibra o fermentados de forma indiscriminada puede empeorar síntomas. Del mismo modo, la permeabilidad intestinal aumentada es un fenómeno real en determinadas condiciones, pero no debe utilizarse como explicación universal de cualquier síntoma sistémico.
¿Hay que eliminar gluten, lácteos o “alimentos sensibles”?
Gluten: retirarlo cuando existe una indicación, no por reflejo
El gluten debe eliminarse estrictamente en enfermedad celíaca y puede requerir evaluación específica en alergia al trigo o sospecha de sensibilidad al trigo/gluten no celíaca. Sin embargo, los estudios de provocación muestran que muchas personas que atribuyen síntomas al gluten reaccionan en realidad a otros componentes del trigo, como los fructanos, o incluso presentan una respuesta variable frente a placebo. Por eso, antes de retirar el gluten de forma permanente conviene definir qué problema se está intentando tratar. Puedes ampliar este tema en nuestro artículo ¿el gluten es malo para ti?. (12)
Lácteos: no son universalmente inflamatorios
En personas con alergia a proteína de leche, intolerancia a lactosa u otros problemas específicos, ciertos lácteos pueden generar síntomas y deben manejarse de acuerdo con el diagnóstico. Pero en adultos sin estas condiciones, los ensayos clínicos no sostienen la idea de que los lácteos sean globalmente proinflamatorios; los resultados son predominantemente neutros y, en algunos estudios, favorables para determinados marcadores. (13)
Dietas de eliminación: pueden ser una herramienta, pero deben tener una hipótesis y una reintroducción
Desde una mirada médica funcional, una eliminación temporal puede ser útil en pacientes seleccionados cuando existe una relación clínica razonable entre un alimento y los síntomas. Pero el objetivo no debería ser mantener una dieta cada vez más restringida. Una estrategia bien diseñada necesita definir qué se retira, durante cuánto tiempo, qué variable se observará y cómo se realizará la reintroducción. Esto ayuda a diferenciar una verdadera relación alimento-síntoma de una restricción innecesaria.
Los paneles de IgG específica frente a alimentos no deben interpretarse como una prueba diagnóstica de alergia, intolerancia o sensibilidad alimentaria. La American Academy of Allergy, Asthma & Immunology y otras sociedades científicas señalan que la presencia de IgG frente a un alimento puede reflejar simplemente exposición habitual o tolerancia inmunológica, por lo que un resultado positivo no demuestra por sí mismo que ese alimento esté causando síntomas. (14)
Sin embargo, esto no significa que la información obtenida mediante IgG carezca necesariamente de utilidad clínica en todos los contextos. En pacientes seleccionados, especialmente cuando existen síntomas digestivos persistentes y no ha sido posible identificar desencadenantes mediante historia clínica, registro alimentario y evaluación convencional, algunos médicos pueden utilizarla como herramienta exploratoria para priorizar alimentos en una prueba de eliminación y reintroducción estructurada, nunca como diagnóstico aislado.
Un ensayo aleatorizado, doble ciego y controlado con dieta simulada publicado en 2025 encontró una mayor proporción de mejoría del dolor abdominal en pacientes con síndrome de intestino irritable que siguieron una dieta guiada por un ensayo IgG específico para SII, aunque los propios autores señalan que se necesitan estudios adicionales y estos resultados no pueden extrapolarse automáticamente a todos los paneles comerciales de IgG. (15)
Composición corporal, músculo y alimentación: otra vía para disminuir inflamación
Una alimentación puede estar compuesta por productos “saludables” y aun así aportar más energía de la que una persona necesita, o no entregar suficiente proteína y micronutrientes. Cuando existe exceso de adiposidad visceral, mejorar la composición corporal puede ser parte del efecto antiinflamatorio. En un metaanálisis de intervenciones dietarias en adultos con obesidad, las intervenciones que lograron y mantuvieron una pérdida superior al 5% del peso redujeron IL-6; no se observaron cambios consistentes en TNF-α. (16)
Por eso, en algunos pacientes una estrategia antiinflamatoria también debe considerar saciedad, masa muscular y gasto energético. El ejercicio de fuerza es especialmente relevante porque ayuda a conservar o aumentar masa muscular y mejora la utilización de glucosa. El objetivo no es perseguir un peso ideal aislado, sino mejorar el contexto metabólico y funcional.
Cómo construir un plato antiinflamatorio en la práctica
Una forma sencilla de aplicar estos principios es pensar cada comida en componentes, sin necesidad de pesar todos los alimentos ni seguir una plantilla idéntica todos los días:
- Comienza por vegetales: idealmente más de un color y en una preparación que realmente puedas mantener.
- Agrega una fuente de proteína: pescado, huevos, pollo, legumbres, yogur natural u otra alternativa adecuada para tu contexto.
- Incluye una grasa de buena calidad: aceite de oliva extra virgen, palta, frutos secos o semillas.
- Define el carbohidrato según la persona: legumbres, fruta, tubérculos o granos poco refinados pueden ser útiles; la cantidad depende de actividad física, objetivos metabólicos, tolerancia y tratamiento.
- Busca diversidad a lo largo de la semana: variar colores, vegetales, frutas, legumbres, especias y fuentes de proteína suele ser más útil que repetir diariamente el mismo conjunto de “superalimentos”.
La alimentación antiinflamatoria debe ser sostenible. Si requiere cocinar preparaciones complejas todos los días, comprar productos costosos o eliminar demasiados alimentos, probablemente será difícil mantenerla. Una alimentación efectiva necesita adaptarse también a horarios, presupuesto, cultura familiar, preferencias y capacidad de preparación.
La alimentación no actúa sola: sueño, estrés y actividad física también modifican el contexto inflamatorio
Un error frecuente es intentar corregir toda la inflamación únicamente con comida. La regulación metabólica e inmune también se relaciona con actividad física, descanso, tabaquismo, consumo de alcohol, exposición ambiental, dolor persistente y estrés. Una persona puede llevar una buena dieta y mantener otros factores que dificultan la recuperación.
Por eso, en Medicina Funcional combinamos la alimentación con otros pilares cuando son pertinentes. Mejorar la higiene del sueño, reducir sedentarismo, entrenar fuerza y trabajar la respuesta al estrés puede ser tan importante como decidir si conviene consumir quinoa o arroz. El objetivo es disminuir la suma de factores que mantienen un terreno metabólico e inflamatorio desfavorable, no encontrar un único culpable.
¿Se necesitan suplementos para una alimentación antiinflamatoria?
No necesariamente. La base debe ser la comida. Omega-3, vitamina D, magnesio, curcumina, probióticos u otros suplementos pueden tener indicaciones concretas, pero no deberían utilizarse como sustituto de una dieta adecuada ni como un “pack antiinflamatorio” universal. Antes de suplementar conviene definir el objetivo, revisar dieta y exámenes cuando corresponda, considerar medicamentos e interacciones y decidir cómo se evaluará la respuesta.
En algunos pacientes la suplementación puede ser útil para corregir una deficiencia, alcanzar una dosis terapéutica difícil de obtener con alimentos o apoyar una condición específica. En otros, no agrega un beneficio relevante. El principio sigue siendo el mismo: suplementar, medir y ajustar, en lugar de acumular productos porque tengan una etiqueta “antiinflamatoria”.
¿Cuándo conviene personalizar más la estrategia?
La mayoría de las personas puede comenzar mejorando calidad de alimentos y reduciendo ultraprocesados sin necesidad de estudios complejos. Sin embargo, la personalización cobra más importancia cuando existen síntomas digestivos persistentes, enfermedad celíaca o autoinmune, alergias alimentarias, SIBO, intolerancia a histamina, enfermedad renal, diabetes tratada con fármacos, pérdida involuntaria de peso, antecedentes de trastorno de la conducta alimentaria o dietas muy restrictivas.
También puede ser necesario ajustar el plan si aparecen fatiga, caída de cabello, anemia, pérdida de masa muscular u otros hallazgos que hagan sospechar una ingesta insuficiente o problemas de absorción. En esos casos, “comer más limpio” no siempre es la respuesta: puede ser más importante evaluar estado nutricional, digestión, medicamentos, requerimientos y exámenes específicos.
Conclusión: una estrategia antiinflamatoria debe mejorar la calidad de la dieta, no aumentar el miedo a los alimentos
La mejor evidencia no respalda una lista rígida de alimentos permitidos y prohibidos. Una alimentación antiinflamatoria bien construida se parece más a un patrón mediterráneo, diverso y mínimamente procesado, con abundancia de alimentos vegetales, grasas de buena calidad, proteína suficiente y una reducción razonable de ultraprocesados, azúcares añadidos y carnes procesadas.
Desde una mirada funcional, a esa base se suma la individualización. Algunas personas necesitarán trabajar con más precisión la carga glucémica; otras, la tolerancia digestiva, la microbiota, una deficiencia nutricional o un alimento desencadenante real. El objetivo no es restringir por restringir, sino construir una alimentación que sea fisiológicamente adecuada, nutricionalmente suficiente y sostenible para esa persona.
Preguntas Frecuentes (FAQs)
¿Qué alimentos son los más antiinflamatorios?
Más que buscar un alimento aislado, conviene priorizar un patrón con verduras y frutas variadas, aceite de oliva extra virgen, frutos secos y semillas, pescado, legumbres, proteínas poco procesadas y fuentes de fibra según tolerancia. Los beneficios dependen del conjunto de la alimentación.
¿Qué alimentos debería evitar para reducir la inflamación?
En general conviene reducir ultraprocesados, bebidas azucaradas, exceso de azúcares añadidos, carnes procesadas, grasas trans, frituras frecuentes y alcohol en exceso. No es necesario convertir cada consumo ocasional en una prohibición; importa especialmente la frecuencia y el patrón habitual.
¿El gluten y los lácteos producen inflamación?
No en todas las personas. El gluten debe evitarse en enfermedad celíaca y puede requerir evaluación en otras condiciones relacionadas con trigo o gluten. Los lácteos deben ajustarse si existe alergia, intolerancia u otra indicación clínica, pero la evidencia no demuestra que sean universalmente proinflamatorios.
¿Una dieta antiinflamatoria tiene que ser baja en carbohidratos?
No necesariamente. En resistencia a la insulina, prediabetes o hipertrigliceridemia puede ser útil reducir azúcares y carbohidratos refinados y ajustar las cantidades. Otras personas pueden tolerar bien legumbres, frutas, tubérculos y granos integrales. La distribución debe individualizarse.
¿Cuánto tiempo tarda en notarse el efecto de una alimentación antiinflamatoria?
No existe un plazo único. Algunos síntomas digestivos o metabólicos pueden cambiar en semanas, mientras que composición corporal y marcadores de laboratorio requieren más tiempo. Lo más útil es definir objetivos concretos y reevaluar síntomas, adherencia, medidas corporales y exámenes cuando corresponda.
¿La alimentación antiinflamatoria puede reemplazar medicamentos?
No. Puede ser una parte importante del tratamiento y la prevención, pero no reemplaza por sí sola terapias indicadas para enfermedades inflamatorias, autoinmunes, cardiovasculares, metabólicas u otras condiciones. Cualquier ajuste de medicación debe realizarse con el equipo tratante.
Evaluación funcional y nutricional en Colsalud
En Colsalud abordamos la alimentación como parte de una evaluación médica integral. Si existen inflamación crónica, alteraciones digestivas, resistencia a la insulina, adiposidad visceral, autoinmunidad, fatiga persistente o dificultad para identificar qué cambios alimentarios tienen sentido, una consulta de Medicina Funcional permite revisar antecedentes, síntomas, composición corporal, salud digestiva, estilo de vida y exámenes para construir una estrategia individualizada.
El objetivo no es entregar una lista genérica de restricciones, sino definir qué aspectos de la alimentación y del estilo de vida son realmente prioritarios, cuáles pueden medirse y cómo hacer cambios que puedan mantenerse en el tiempo.


